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Cuaderno de bitácora de supervivencia. Capítulo 3



Aquella noche heló bastante en mi zona, así que pensé en refugiarme en el parking de la parada de autobuses hasta que saliera el primer autobús de la mañana con un destino medianamente lejano, puesto que temía ser visto por algunos conocidos. Para combatir el frío, me abrigué con las capas de ropa que traía como si de una cebolla se tratase. La otra ropa que no utilicé para abrigarme, la use para mullir más la mochila que me sirvió de almohada para pasar esa noche resguardada de las adversidades ambientales. Finalmente conseguí conciliar el sueño observando un charco de aceite de motor producido por algunos autobuses que habían transitado el lugar ese mismo día, preguntándome que estaría haciendo ella ahora mismo.

        A la mañana siguiente salió el primer bus con dirección a Madrid, con algunos ahorrillos que tenía guardado conseguí pagar el viaje siendo precavido de no ser visto por ninguna persona del pueblo. Dentro del autobús me senté solo, concienciado de que quería descansar lo que no pude en el parking de los autobuses debido a las inquietantes goteras que caían del techo de chapa de la estación.
Las primeras horas de viaje se me pasaron volando entre cabezada y cabezada, sin darme cuenta el autobús se fue llenando a medida que avanzábamos hacia la capital. A la altura de Toledo un señor de etnia árabe me levantó de mi hipersueño pidiéndome que recogiera las piernas para poder sentarse a mi lado.

     Rachid como supe más tarde que se llamaba, no paraba de mirarme en todo el camino, haciéndome sentirme cada vez más incómodo. Una vez mi paciencia sobrepasó el límite le pregunte que si tenía monos en la cara o algo, él sonrió, y acto seguido hizo gestos de invitarme a compartir su almuerzo conmigo. Yo, que había estado comiendo a base de latas varios días atrás no pude rechazar tan jugosa oferta, no sin antes decir no unas cuantas veces por cortesía y educación. Durante el tiempo que duró nuestra comida en el autobús hablamos sobre muchos temas diversos, de entre ellos los motivos por el cual Rachid tuvo que dejar su país atrás debido a su situación socio-política, al que catalogaba y comparaba con una jaula sin libertad de expresión y cárcel mental.

        En ese breve instante que dialogué con Rachid no pude evitar acordarme de aquel compañero de clase en la escuela de etnia mora al que todos humillábamos y hacíamos burlas simplemente por el hecho de pertenecer a una minoría. Nadie nace racista, supongo que los estereotipos de esta sociedad de cánones y patrones están acabando con la poca biodiversidad cultural que siempre hemos tenido siglos atrás. No solo entre diferentes culturas y países sino en el mismo barrio del que escapé. Nuevas generaciones inseguras de ellos mismos todos peinados igual, misma ropa, y con el mismo pensamiento a juego. Las redes sociales y la televisión dictándoles que deben amar y odiar, suprimiendo el paso intermedio de un razonamiento previo. Todos sacados de un mismo molde domados y obedientes, donde una forma alternativa de ver la vida no tiene cabida. Parece que en pleno siglo veintiuno el no seguir los esquemas se castiga tachando de loco al que no consiguen programar, volcándose en él toda la ira de la sociedad de las formas más diversas: ‘’ amigos ’’, familia, trabajo… En este mismo punto es cuando decides que este mundo no está hecho para ti. Claro ejemplo de ello es el tiempo que pase dentro de ese universo  marginal, hasta el surgimiento de mis incógnitas las cuales cambiaron mi rumbo.

        Finalmente me pregunté. ¿Si nos quedamos con lo establecido, si no damos ese beso, ese abrazo, esa decisión errática, que margen de mejora tenemos como seres humanos?

        Yo personalmente creo que ninguna, es más, perderíamos capacidades que nos distinguen de las computadoras. Estrechando cada vez más esa delgada línea entre máquina y ser humano, que paso a paso se hace cada vez más tenue.

        Rachid, viendo que no estaba prestando atención a su resumida biografía, chasqueó sus dedos frente a mi cara para espabilarme y advertirme de la inminente llegada a Madrid. Bajé los escalones del bus con cuidado de no tropezarme, le di un gran abrazo de despedida a mi nuevo amigo, y emprendí de nuevo mi aventura que cobraba cada vez más fuerza y forma a  minuto que pasaba.


Leibniz.

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