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Cuaderno de bitácora de supervivencia. Capítulo 2.

   

     Pasaban las semanas y yo seguía con mi vacío existencial, lo visto en Internet fue solo un pequeño aperitivo que no pudo sofocar mis ganas de comerme el mundo. Todos los días me preparaba para ir a la facultad, bajaba las escaleras de mi bloque de pisos, saludaba a la limpiadora y esperaba en la parada de bus a mi amigo Fer para ir juntos viendo por la ventana del bus el mismo paisaje diariamente una y otra vez. Recordando cada hoja, cada bache y cada rama de árbol.

     Las clases se hacían eternas, los profesores competentes se encuentran en peligro de extinción por la reproducción masiva  de especies invasoras tales como lectores de diapositivas con un título de doctorado o, por otro lado, profesores titulados enchufados que no dan un palo al agua. ¿Por qué no darán lecciones sobre su experiencia en el mundo laboral, o por lo menos hacer un mínimo esfuerzo en transmitirlas?
     
     Si no fuera poco con la pesadez de las lecciones, ella no me hacía caso, rehuyéndome la mirada y haciendo méritos para que me olvidara completamente de ella, dejándome caer que estaba fuera de mi alcance, centrándome en mi propio mundo interno.

     Esta monotonía estaba acabando conmigo. Después de la facultad comía y quedaba con mi amigo Fer con el que dialogaba sobre todos mis supuestos rompecabezas a los que el siempre restaba importancia alegando que: ’’Ya habrá tiempo para todo, peazo cabrón’’. La verdad que esta respuesta no me resultaba nada tranquilizadora por mi parte, ya que quería cosas y las quería ipso facto. Cosas incluso que deberían madurar con el tiempo en paralelo con mi persona, y del que el solo hecho de no poder tener entre mis manos me quemaba por dentro.

     Intentando esbozar la respuesta a ¿Es esto realmente lo que quiero?, podemos decir que en un principio no sabía lo que quería, pero una cosa sí tendría claro. Esto no era el estilo de vida que me quitaba el sueño por las noches.

     Debería empezar de cero, formatear mi vida incluso, y para ello sería necesario dejar todo atrás, mis nervios, mis miedos, mi gente y sobre todo esos pensamientos negativos. Pensando en la mejor forma de realizar esa ardua tarea decidí coger la mochila y llenarla de objetos básicos que me sirvieran en el día a día como latas de conserva, ropa de abrigo, agua, saco de dormir y aislante. No podría faltar la foto de mi difunto padre que por siempre me hará compañía allí donde quiera que fuera. Todos estos preparativos no serían sino el comienzo de la huida del nido familiar hacia la meca del conocimiento, no sabía dónde ir pero supuse que mi instinto me guiaría. Cogí papel y boli y me dispuse a escribir una carta a mi querida madre y a mi pobre hermana  la cual recogería las siguientes palabras: ‘’ Mama, si estás leyendo esto es que he tomado una decisión, no sé si será buena o mala ni que repercusión tendrá en el futuro, pero de una cosa estoy seguro. No volveré a casa hasta no sentirme completo’’.

     La noche posterior coloqué la carta en el salón de mi casa con intención de que mi madre la leyera nada más irse a trabajar, y con gran sigilo y todo el equipamiento anteriormente descrito me dispuse a abandonar la casa que fue mi hogar durante 18 años. Abrí el pestillo de la puerta principal, salí a la calle en la que pude contemplar por última vez aquel acogedor lugar que sin duda extrañaría demasiado.

     Finalmente me di la vuelta y empecé a caminar dando la espalda a la mayoría de mi pasado.

"El mundo no me comerá a mí si yo soy el primero que le pega el bocado" pensé.


Leibniz.

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